ENTREVISTA PSICOLOGA INFANTIL: PATALETAS, CRIANZA, EMOCIONES EN LOS NIÑOS...

En la entrevista del podcast "Sonora baby maternidad" que os resumo hoy os traigo las palabras de Manuela Molina que es psicóloga infantil y terapeuta de juego, y os la voy a describir como ella misma se describe en su blog porque realmente me parece una forma preciosa de contaros quién es:

“Estudié psicología y literatura; Hice de la práctica de Yoga y Mindfulness mi refugio; Me mudé lejos de casa para profundizar en la medicina sanadora del juego.

Compartí con cientos de niños y sus padres en diferentes países; Y ahora estoy aquí, con la intención de acompañarte en este viaje sin mapa llamado crianza. Promover hogares y salones de clase en armonía es la semilla de amor que he decidido entregarle al mundo.”

Vamos a intentar centrar esta entrevista en el cerebro de los niños de hasta 5-6 años.

Manuela defiende que los niños felices cambiarán el mundo pero... ¿qué es un niño feliz? Un niño feliz es un niño al que permitimos vivir sus emociones con plenitud, no es necesario que esté todo el día alegre y sonriente sino que le damos permiso para que conecte con sus emociones y al que acompañamos para que su desarrollo sea óptimo. Para el niño es importante sentir que el adulto que le acompaña, le respeta y le entiende y que le brinda seguridad y amor incondicional independientemente de su comportamiento puntual. Los adultos debemos acompañar y enseñar y no amenazar.

El lenguaje negativo y repetir mucho el "no" al niño es inadecuado. Deberíamos restringir el uso de la palabra "no" al mínimo y habría que dejarla para casos muy concretos, de urgencia, en los que el niño se está poniendo en peligro. Usamos demasiado el "no" y se ha estudiado que en el cerebro del niño se pone la atención en lo que no quieres que hagas cuando le dices, por ejemplo, "no te metas la pintura en la boca" ya que el niño pequeño entiende "pintura - boca". La solución sería decirle lo que debe hacer y no lo que no quieres que haga, en el ejemplo "la pintura es para pintar". Muchas veces incluso decimos "Así no" pero no decimos nada más y el niño no lo entiende. Tu hijo necesita que le digas cómo SI hacerlo.

El niño suele negarse a todo sobre los 2 años, lo primero que parece que aprende a decir es "no". Muchos padres consideran que el niño está desafiándoles al negarse a todo. En realidad el niño está logrando constituir su ser independiente (de mamá), es algo muy normal en el proceso de desarrollo y madurez. A los 18 meses el bebé se da cuenta de que mamá y él son distintos seres y esto es una gran conquista del niño como ser humano. Es aquí cuando surge el "no" en el niño porque es la primera vez que el niño logra tener control sobre el mundo que le rodea, también empieza el "mío" y el "yo solo", es natural y muy positivo. El adulto debe sentir orgullo ante esto porque el niño está constituyendo su personalidad y no desafiando a nadie.

Si necesitas que tu hijo "obedezca" en un momento dado, se puede conseguir sin obligar. Desde la neurociencia aconsejan, por ejemplo, dar a escoger al niño entre varias opciones que tú crees que son buenas opciones, así le estás empoderando. Si quieres que tu hijo se abrigue, en lugar de decirle "ponte el abrigo" le dirías "¿quieres ponerte el abrigo azul o el rojo?". Es un cambio de paradigma pero se puede hacer y es más efectivo en la práctica, no entras en una guerra con el niño y le ayudas a tomar decisiones por si mismo, evitas pataletas y discusiones o desconexión con tu hijo.

En este punto, Manuela aconseja el libro "Disciplina sin lágrimas" (Daniel J. Siegel) para entender el cerebro de los niños.

Cuando un niño está en plena pataleta, nos tenemos que poner en su lugar, ser empáticas y compasivas. Su cerebro ha dejado de comportarse como un todo. La parte del cerebro reptiliana (la más primitiva e instintiva que nos permite sobrevivir y que es agresiva, impulsiva, reactiva...) es la que tiene más activa el ser humano cuando es pequeño. La parte racional del cerebro (la corteza prefrontal) está totalmente inmadura en los niños. Por tanto, aunque ellos quieran, no pueden ser racionales ni tranquilizarse de forma sencilla. Si pones límites a tu hijo, en él se enciende la zona reptiliana y hace cosas como tirarse al suelo y tener una pataleta. No debemos ignorar al niño en este momento porque le estaríamos abandonando, no podemos dejarle calmarse solo porque no sabe, no puede. Te necesita a ti para volver a la calma. 

La pataleta evoluciona con la edad: con dos años el niño se tira al suelo y llora, con siete años te dice cosas como "te odio" y con quince años te rebate, discute y pide explicaciones. El ser humano tiene pataletas toda la vida.

Manuela habla de la pataleta en profundidad en su taller de tres horas que está disponible online en su página web. Es un taller muy detallado. Pero de forma general y breve nos explica en esta entrevista que no podemos ignorar la pataleta porque entonces el niño parará cuando se canse y esta represión es muy perjudicial para él. Tenemos que ir al nivel del niño (sentarnos en el suelo si está tirado sobre él) y entonces tocarle, abrazarle o cogerle (el piel con piel es muy positivo) pero únicamente si él lo permite. Si el niño no quiere que le toques, no le toques, solo permanece a su lado. Respiraríamos profunda y tranquilamente junto al niño para que éste, a su vez, empiece a respirar más calmadamente (por las neuronas espejo) y le ponemos palabras a lo que él puede estar sintiendo ("estás enfadado" o "creo que estás triste"...) de forma que empatizamos y le validamos sus sentimientos. También podemos balancear suavemente al niño arrullándole. El niño debe sentir que su mamá o su papá le entienden. 

A los adultos nos pasa algo similar. Si estamos mal, nos gusta que nos escuchen y nos entiendan y no que nos ignoren o nos rebatan en ese momento en que nos sentimos frustrados, tristes, abatidos, enfadados,...

Los adultos muchas veces justifican las agresiones físicas a los hijos diciendo que "a mí me pegaron de pequeño y no pasó nada, estoy bien" pero si ahondas puede ser que no ese adulto no esté tan bien como cree. Hay un paso de generación en generación de este tipo de dinámicas. Un padre al que pegaron suele pegar a sus hijos. Tendríamos que analizar en profundidad los efectos secundarios de esto.

Como sociedad, castigamos la violencia. Que un hombre pegue a una mujer se considera violencia doméstica, se denuncia y está generalmente aceptado como una atrocidad. ¿Por qué no se ve igual que un adulto pegue a un niño? Se ha normalizado socialmente, pero no es normal.

Tenemos que pausarnos, respirar y preguntarnos qué necesita mi hijo en el momento en que nos está "sacando de quicio". Si pensamos que nuestro hijo nos está desafiando, actuaremos mal contra él. Si nos preguntamos, sin embargo, qué está necesitando nuestro hijo en ese instante, seremos más compasivas y actuaremos de forma más sensible y amorosa. Tenemos que ir a la raíz de porqué nuestro hijo hizo lo que hizo "mal". Debemos, por tanto, enseñarle a que utilice otros recursos para hacer las cosas correctamente. Si tu hijo te pega o muerde, analiza el motivo por el que lo ha hecho y enséñale a actuar de otro modo pero no le pegues.

Si hemos agredido a nuestro hijo en algún momento, ¿Cómo afecta esto a su cerebro? El niño siente dolor y miedo, por tanto es violencia. El dolor y el miedo no enseña nada y lo que hace realmente es desconectar al niño de sus progenitores. Para él, mamá y papá son su lugar seguro, los seres que le cuidan. Si ellos le pegan, se rompe el "apego seguro" de forma que el niño pierde su fuente de protección y siente peligro constantemente intentando sobrevivir y centrando sus esfuerzos en protegerse por lo que no se centra en aprender. En el futuro puede tener múltiples problemas como inseguridades, falta de autoestima, miedos, heridas emocionales... e incluso traumas por vivencias que experimentaron de pequeños (claustrofobias etc).

El niño, además, puede replicar los comportamientos violentos en sitios como el colegio siendo un agresor o, incluso, permitir que le agredan a él porque ha asumido que es lo normal, se pueden convertir en niños sumisos que no son capaces de poner límites y denunciar que se les humillen o agredan, niños maleables que siempre quieren satisfacer a los demás incluso cuando su persona está en riesgo. Son las dos caras del bullying.

En una segunda entrevista, Manuela nos resuelve muchas otras dudas sobre la psicología infantil.